b720: la práctica de cuestionar

Foto © Rafael Vargas

Con base en Barcelona y Madrid, su práctica abarca diferentes escalas, contextos y culturas urbanas que, en lugar de oponerse, se salpican. En ese cruce, construyen una visión capaz de operar en lo global sin perder precisión en lo local.

En esta conversación, Fermín Vázquez defiende una arquitectura menos centrada en la autoría y más en la habilidad de leer, negociar y tomar decisiones informadas; reivindica una práctica que se aleja de los gestos inmediatos y se apoya en el análisis, el tiempo y la duda como herramientas de proyecto. En un mundo cada vez más complejo, para Vázquez el verdadero valor no está en ofrecer respuestas rápidas, sino en formular mejor las preguntas.

Simon SWITCH, Barcelona. Foto © José Hevia
¿Cómo describirías la posición del estudio hoy en el contexto español?

La verdad es que ¿cómo somos? Creo que somos lo que siempre hemos sido, desde luego bastante lo que queríamos ser: somos una oficina que intenta hacer aportaciones interesantes en la disciplina y, a la vez, sentimos la responsabilidad de servicio a la sociedad. Los arquitectos lo repiten pero es verdad: nos sentimos muy responsables.

Además, tenemos los recursos suficientes para abordar proyectos de gran complejidad y para jugar en un tablero global. Igualmente, aunque trabajamos desde dos grandes ciudades españolas, Barcelona y Madrid, somos lo suficientemente locales. Digo esto porque a los arquitectos nos interesa descubrir culturas y aprender sobre programas distintos, pero somos muy conscientes de la importancia de entender bien un lugar. Así que tenemos una combinación buena y útil de ser locales con visión de forastero: somos muy madrileños y muy barceloneses, y a la vez podemos ver ambos lugares con un poco de distancia para ser más objetivos o encontrar soluciones diferentes y variadas

¿Cómo influye trabajar en dos culturas urbanas diferentes?

Influye mucho. Lo primero de lo que te das cuenta es de que tampoco son tan diferentes como nos creemos. Claro que son dos ciudades construidas de una manera diferente, e incluso con maneras distintas de entenderse a sí mismas, pero no se ven tan diferentes cuando trabajas en lugares remotos. Lo interesante es que la sutileza de esa diferencia porque aprendemos, porque resulta enriquecedor, y porque logramos tener una aproximación íntima, más cercana y casi emocional, en ambas ciudades.

Centro Abierto de Tarragona. Foto © Adrià Goula
b720 ha desarrollado proyectos que forman parte de transformaciones urbanas importantes en las ciudades. ¿Por qué intervenir en estos momentos de cambio en la ciudad?

Se debe intervenir siempre. La cuestión es que los arquitectos tienen que seguir reivindicando su papel como agentes útiles. Sin querer sonar corporativista o arrogante, la importancia de un arquitecto es la manera de pensar la ciudad desde una visión bastante completa. Para nosotros es natural, es a lo que nos dedicamos, y sabemos que existen muchas otras maneras de ver la ciudad: desde la economía o lo legal, por ejemplo, pero también desde lo personal, lo familiar o, incluso, lo psicológico.

Vemos muchas de estas jugadas con cierta simultaneidad, las entendemos relativamente bien, más allá de dar forma. Pero no solo dar forma o resolver encajes funcionales, más o menos complicados, sino que tenemos esa comprensión de todos esos intereses a los que estamos acostumbrados a gestionar, a negociar, a escuchar. Y creo que es casi lo más satisfactorio de lo que hacemos.

Volviendo a tu pregunta: es una tensión permanente porque las ciudades no han dejado de crecer, y siguen creciendo, en general. El fenómeno urbano sigue creciendo, así que estas habilidades, por así decirlo, son de máxima aplicación.

Me gustaría hablar un poco de la filosofía y la forma de trabajar del estudio. ¿Qué significa para el estudio la idea de evitar un estilo formal y responder con un problema específico?

Tengo ya una edad suficiente para haber pasado algunas de las tendencias, y puede ser debatible, por supuesto, pero intentamos evitar hacer arquitecturas de formas o de búsqueda de la forma como primera aproximación.

No sé, nunca he visto a los arquitectos como “demasiado” artistas. Cuando el arquitecto se siente muy artista, empieza a ser problemático. Nosotros somos otra cosa, aunque es verdad que nos mueve una sensibilidad muy parecida a la de muchos artistas. Hay un trasfondo profundamente cultural en lo que hacemos, en las cosas que nos interesan, pero somos otra cosa.

Nuestro trabajo es de responsabilidad directa sobre la vida de las personas, de su día a día y de una manera muy directa. Y eso, yo creo, nos obliga a trabajar de otra manera. Y sin renunciar a esas pulsiones que hacen el mundo mejor, que tienen que ver, sin duda, con la forma de las cosas, la forma de nuestras ciudades.

No es un punto de arranque que nos parezca adecuado para la inmensa mayoría de los proyectos. Y creo que explica esa declaración.

KNEM Offices, Barcelona. Foto © Oriol Gómez)
Con tantos y variados profesionales en b720, ¿cómo mantener una cultura de proyecto compartida entre tantas mentes pensantes?

Sí, es verdad. No sabe uno por qué ocurre... Supongo que nos vamos contagiando unos a otros. Es cierto que cada obra realizada refleja un tipo de conversación permanente dentro del estudio que, probablemente, atrae a cierto perfil de compañeros y de colaboradores. Y esto también construye, añade capas con el tiempo.

He intentado no transmitir mis propias manías, mis creencias o mis inclinaciones. Pero sí existen cuestiones de principios, valores o maneras de abordar con conciencia, que se mantienen y se comparten. Igualmente, nuestras preocupaciones han evolucionado.

Muchas veces se nos pide avanzarnos y prescribir el futuro. No estoy muy seguro de que seamos los mejores para eso pero, desde luego, forma parte de nuestros encargos, así que nos obliga a tener consideraciones estrictamente contemporáneas en un mundo que cambia muy deprisa. Quizá vivimos uno de los momentos de cambio más acelerado de nuestras sociedades, del mundo, de las herramientas que utilizamos, de los intereses que nos inundan, de la economía, de la energía... Debemos estar “pegados” a ellos y eso, seguro, ha hecho que nuestra arquitectura evolucione. Evidentemente.

¿Cuáles son los primeros principios, los primeros valores, que vienen a la mente cuando llega un encargo?

Son variadas. Quizá, por supuesto, entender mejor el caso. Si se nos presenta un encargo, primero está el lugar y el tiempo, inevitablemente: ocupa un lugar concreto, existe una especificidad de un contexto físico y uno temporal. Valoramos otras cuestiones como el programa, las necesidades y los requerimientos de lo que se requiere hacer. 

Antes de saltar a intuiciones u ocurrencias, es fundamental ese análisis del contexto y de las necesidades. ¿Cómo se ha hecho antes? ¿Se ha hecho antes algo parecido? ¿Ha sido bueno o malo? ¿Somos capaces de mejorar lo que se ha hecho antes? ¿Por qué es esto? ¿Qué es lo que tiene de diferente?¿Qué tiene de especial? ¿Qué tiene de específico? 

¿Qué quiere nuestro cliente y por qué? ¿Qué impacto tiene esto en el resto de la ciudad, de la sociedad? ¿Cuáles recursos disponemos?¿Cuál es el tiempo que hay para hacer esto? 

Hacemos un esfuerzo por responder a estas preguntas antes de empezar a hacer propuestas. Luego, las propuestas llevan un proceso que requiere tiempo, que ponemos a prueba y revisamos críticamente, incluso con varias alternativas. Porque proyectar es elegir, nos gusta tantear varias ramas del árbol de decisión.

Esto nos da una especie de mayor confianza en que la propuesta final no estará del todo mal. Creo que es una metodología un poco seca, como una especie de contención figurativa, muy seria, que no es incompatible con hacer enormes esfuerzos de trabajo, ya sea más de ordenación, de composición, o incluso de ornamentación.

Somos conscientes de que hay cosas que debemos controlar antes de saltar al juego con manías, obsesiones, o intereses más íntimos, que, al final, solo conciernen a los arquitectos.

Mercat dels Encants, Barcelona. Foto © Rafael Vargas
Los proyectos de gran escala del estudio implican un grupo bastante grande de personas y profesionales que colaboran. ¿Cómo se organiza este trabajo?

Estamos cómodos y sentimos cierto orgullo en gestionar la complejidad. Es cierto que, hoy en día, un proyecto de arquitectura se ha convertido en una cosa excesivamente complicada de gestionar (por razones que no viene ahora al caso analizar mucho, pero que sí hemos reflexionado sobre ello).

Por un lado, la normativa es parte de este proceso, una parte bastante reveladora porque intenta obtener garantías y confirmaciones de diversos agentes que, a veces, están muy alejados del asunto concreto, tienen una visión estrecha y que puede superponerse. El objetivo puede ser loable o conveniente, pero todo este esfuerzo es desproporcionado para lo que se espera conseguir, para el coste que supone o para la cantidad de personas involucradas.

La técnica y la tecnología permiten la participación de expertos que pueden darnos la oportunidad de conocer mejor los contextos de cada proyecto, de las consideraciones alrededor de un problema, o de los requerimientos de eso que queremos poner a prueba. Nuestra profesión es cada vez menos íntima pero más interesante porque cada proyecto aterriza sobre la mesa con consideraciones de ámbitos cada vez más variopintos.

Son oportunidades de aprender, de descartar imposiciones sobre datos de expertos.

¿Qué retos implica trabajar en concursos de arquitectura que comportan grandes transformaciones urbanas?

Para empezar es una cuestión de responsabilidad. Si el proyecto se realiza, implica un impacto enorme en la vida de las personas y de las ciudades en el futuro próximo. Es una responsabilidad ética, un desafío que implica una reflexión rigurosa antes de saltar, demasiado pronto, con propuestas improvisadas o intuitivas.

A veces no es fácil, muchas veces tienes la sensación de que no tienes todos los datos necesarios. Y, aunque así sea, sabes que hay cosas que no deben ocurrir. Pero creo que, como el juramento hipocrático de los médicos, nuestra razón es no hacer daño. Estamos tan rodeados de daño: el crecimiento del siglo XX ha creado ventajas innumerables. Con el conocimiento que tenemos, podríamos haberlo hecho mucho menor, al menos en los últimos 50 años.

El crecimiento explosivo de las ciudades ha dejado muchas cosas no muy bien resueltas. Creo que es una responsabilidad hacerlo bien, crear obras que mejoren de verdad el mundo, de no cometer ningún error irreversible.

Lycée Français Maternelle, Barcelona. Foto © Simón García
¿Algún proyecto que represente este reto, esa responsabilidad tan profunda, por el futuro de la ciudad y por el futuro de los habitantes?

En realidad, cualquiera. Aunque se nos conoce por desarrollar grandes proyectos, también hacemos obras muy pequeñas y nos interesa. El futuro de nuestras ciudades no está tanto en los grandes proyectos, sino en los pequeños que son los que, realmente, cambian el entorno en el que vivimos. 

Todas las pequeñas edificaciones que se construyen cada día (que, probablemente, sean viviendas), deberían pensarse y hacerse con más cariño, con más cautela, con más dedicación, con más sensibilidad, sin hacer ocurrencias, sin arquitectos que tratan de lucirse. Es la responsabilidad de hacer bien, con amor, porque la suma de todas esas pequeñas intervenciones es lo que forman las ciudades. Es mucho más importante que los proyectos grandes; con uno grande, ya se sabe que esa singularidad tiene un impacto relativo.

Un impacto mayor, ¿no?

De todas maneras, ahora mismo tenemos en marcha varios proyectos importantísimos. Estamos haciendo, por ejemplo, simultáneamente en Madrid y en Barcelona, el proyecto de dos de las grandes estaciones españolas: Sagrera en Barcelona y Chamartín en Madrid. Las dos tienen un impacto enorme, no solamente en el modelo de movilidad o su carácter de puerta de la ciudad, sino también impactan en el tejido urbano y en la vida de los barrios que rodean ambas estaciones por su carácter, por su manera de inducir una forma de vivir y de entender la ciudad: desde la manera de trabajar, la manera de habitar, la manera de moverse, la manera de comprar, de vender, de divertirse, casi que de contemplar el mundo.

Todas están muy superpuestas en estos proyectos, con cierto calibre, en comparación con intervenciones más pequeñas

Polaris North, Madrid. Foto © Imagen Subliminal (Miguel de Guzmán + Rocío Romero)
¿Algún proyecto que represente la evolución del estudio?

En realidad, la evolución es gradual. Es más, con frecuencia la evolución la notas retrospectivamente. En un proceso, te das cuenta de que han cambiado tus intereses, crees que estás dando una respuesta específica y distinta, pero no deja de intuirse una manera de hacer, formas que acaban contagiándose a lo largo del tiempo o sobreviviendo.

No sabría especificar un proyecto, creo que estamos en constante evolución. Lo que es cierto es que ha habido impactos. Por ejemplo: como hemos colaborado con muchas personas, hay un impacto en el trabajo, en intentar ponerte en el lugar de otro.

Es habitual ponerte en el lugar de tu cliente, de los ciudadanos (incluso del futuro). Pero es interesante ponerte en la piel de un colega. Algunos tienen una caligrafía o unos intereses muy marcados, así que ponernos en su lugar ayuda a liberar la mano, a incorporar inquietudes y experiencias.

¿Qué retos actuales tiene la profesión, más allá de la sostenibilidad, la crisis de la vivienda, las transformaciones urbanas? ¿A qué nos estamos enfrentando?

Hay retos que son genéricos, que no son de la profesión, que son de la humanidad. En cierta medida, estamos en un mundo imprevisible. Un mundo inquietante, que tiene que ver con esta incertidumbre genérica. 

Nuestra profesión está muy ligada a los avances tecnológicos, en temas constructivos que afectan los resultados y las herramientas a nuestro alcance. La aceleración que produce la inteligencia artificial no sabemos hacia dónde nos lleva. No es una cuestión solo de representación, sino de evaluación de nuestro propio método. Nos interesa porque somos muy analíticos en la manera de abordar los proyectos, así que sospechamos que es una herramienta que puede ser útil más allá de la representación, más bien en el análisis. Pero es verdad que produce un cierto desasosiego no saber los límites de ese avance. 

Otro tema es la participación de los arquitectos en el planteamiento de las preguntas. Hemos sido empujados a, solamente, dar las respuestas, en el límite incluso de respuestas superficiales: ¿qué aspecto debe tener este edificio?

Creo que forma parte de un contexto de una sociedad cada vez más especializada, que tiene que ver con lo que decía antes sobre la incorporación de expertos. Creo que nosotros, los arquitectos, seguimos teniendo una visión global interesante. Así que es fundamental reivindicar que volvamos al centro de las preguntas, ser insistentes en cuestionar los temas que se plantean. 

Las respuestas pueden ser más o menos brillantes en ciertos niveles, desde algo más superficial, por así decir, a cosas de más enjundia. Pero creo que el arquitecto debe volver a tener esa autoridad en la opinión.

No es algo corporativo: creo que eso conducirá a mejores propuestas, a mejores proyectos y a mejores ciudades. Creo que debemos insistir en nuestra capacidad de hacer esa aportación más amplia.

Lleida-Alguaire Airport. Foto © Adria Goula
Si fueras un poco prospectivo, ya que vamos por ahí, más personal, más b720 Fermín Vázquez, ¿qué sigue motivando que estés aquí todavía?

No lo sé. Es curioso porque la arquitectura siempre es vista como una profesión muy vocacional. Es muy habitual que mucha gente te diga que siempre les hubiera gustado ser arquitecto. Y es una profesión muy bonita.

Ese hacer, esa capacidad de imaginar cosas, de proyectar, impacta y sacude a quien no está entrenado, le parece mágico y fascinante ver cómo a alguien se le ocurre lo que habría que hacer. Algo que, obviamente cuando uno se entrena, se acaba viendo que no es para tanto.

Y no quiero minimizarlo, porque hay muchas otras. Yo sigo admirándome con personas que cocinan bien, o con alguien que es capaz de hacer un trasplante de corazón o de escribir una obra de teatro. Pero sí, probablemente lo que pasa es que a los arquitectos nos gusta lo que hacemos. Tenemos una especie de necesidad de hacerlo. De hecho, en parte puede ser un peligro porque esa necesidad de hacer, a veces, ha llevado a los arquitectos a pasarse de propositivos, a proponer respuestas que no estaban suficientemente meditadas o justificadas.

Es algo que debe llevarse con prudencia pero que tiene la ventaja de mantenerte activo. No es fácil parar.

En nuestro caso, Ana y yo fundamos este estudio hace casi 30 años, y somos conscientes de que iremos dejando de estar activos en algún momento (a pesar de que muchos arquitectos no dejan nunca de estar activos). Cierto nivel de actividad siempre habrá, pero imagino que no del mismo nivel. Por eso estamos comprometidos a que el estudio que fundamos siga en el tiempo.

Creo que desarrollamos proyectos que merecen producirse, así que nos gustaría que continuara sucediendo.

¿Qué tipo de proyectos te gustaría desarrollar dentro de 10 o 15 años?

Me interesan mucho los proyectos de regeneración, de revisar con criterio lo mejor y lo peor de lo que se haya construido, ser capaces de reutilizar lo ya construido. Cada vez nos gusta más intervenir sobre lo construido, en obras que se construyeron con otras finalidades y que deben actualizarse. Me interesa la regeneración urbana, en general.

Siento que se están haciendo proyectos especialmente bien cuando no se ocupa territorio nuevo innecesariamente, cuando no se destruye sino que se aprovecha. La reforma de la zona de AZCA, en Madrid, es un ejemplo de reutilización del espacio.O el proyecto que estamos desarrollando para Roca, un verdadero nuevo barrio en Alcalá de Henares: se trata de la regeneración de un espacio industrial obsoleto que se transformará en un barrio ejemplar, que reutiliza gran parte de lo que existe y de lo que alguna vez existió. O la nueva sede Simon en Barcelona en el Poblenou, una antigua fábrica que ahora es su sede corporativa. Este era un edificio anodino, con todas las posibilidades de ser demolido, del que se rescató el valor del edificio original.

Creo que cada vez se crearán y desarrollarán este tipo de proyectos. Por supuesto, también me interesa la obra nueva, sin ocupar más territorio, como el pabellón que estamos construyendo en la Fira de Barcelona. Pero la actuación sobre lo existente me parece algo especialmente valioso para los arquitectos de hoy.